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16.2.13

Hussein Ghrer, o el cielo que no se viene abajo

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 El último tuit de Hussein Ghrer es del 16 de febrero de 2012, y trata sobre una pancarta de apoyo al régimen que se encontró en una plaza del centro de Damasco, y que decía: “Mientras Bashar (Al-Asad) esté bien, el mundo irá bien”. En ese mismo día en el que el mundo iba bien, Hussein, junto a otros doce compañeros, fueron detenidos en el asalto de lasfuerzas de seguridad a la sede del Centro Sirio de Comunicación y Libertad de Expresión. No era la primera vez que Hussein visitaba los calabozos de los aparatos de represión del tirano; en otoño de 2011 ya había pasado largas semanas detenido.

Hussein Ghrer, ingeniero informático de 33 años, esposo de Mais y padre de Ward y de Zein, es uno de los blogueros sirios más veteranos, y también es uno de los más conocidos. Antes de la revolución, cuando todavía no era fácil encontrar blogueros residentes dentro del país que atravesasen las líneas rojas y las barreras de miedo para tratar temas de interés público, ya sean de política o de sociedad, Hussein era un activo fijo en todos estos campos, ya sea para pedir la liberación de los presos políticos, o para expresar la solidaridad con el pueblo palestino durante los sucesivos ataques israelíes contra Gaza, o para expresar posturas progresistas en los temas del endurecimiento del Código Penal sirio en referencia a los mal llamados “Crímenes de Honor” o sobre el derecho a la nacionalidad siria para los hijos de madre siria y padre extranjero. Hussein siempre habla claro y de manera firme. No pierde mucho el tiempo en intentar agradar con la expresión de su credo, pero eso no impide que sea uno de los tipos más dialogantes y sosegados en el intercambio de ideas que haya visto en toda mi vida.

Semanas después de la detención colectiva, la mayoría de los detenido fueron liberados con cargos, quedando solo Hussein y otros cuatro compañeros. Las condiciones eran duras, ya que se les sometió a aislamiento total, y toda visita o asistencia jurídica y médica quedó prohibida. Hubo que esperar diez largos meses hasta que se les permitiese recibir la visita de los familiares, y fue en esta primera visita cuando Hussein recibió la noticia del fallecimiento de Mustafa Karman, esposo de su hermana Maha y uno de los activistas relevantes en el barrio de Bustan Al-Qasr en Aleppo. Mustafa falleció el 16 de noviembre pasado víctima de los obuses que cayeron en el barrio mientras se estaba celebrando una de sus conocidas concentraciones. Era el día que Hussein Ghrer cumplía 9 meses en la cárcel, y también era el día en el que se cumplían 43 años del ascenso al poder de Hafez Al-Asad, padre del actual cabeza del régimen, mediante un golpe de Estado contra sus propios compañeros del partido Baaz. Hussein le redactó una emotiva carta de condolencia a su hermana, y ésta no dudó en compartir sus palabras en las redes sociales; Hussein le prometía que seguiría el camino por lograr todo lo que su cuñado soñó en alcanzar.

No sabemos si a Hussein y los demás compañeros que todavía están detenidos les llegó la noticia del fallecimiento de Aiham Ghazzoul, el médico de 26 años que colaboraba con el Centro. Aiham había sido detenido con sus compañeros aquel 16 de febrero, y había sido liberado semanas después junto con parte de los detenidos, pero más adelante volvió a los calabozos. Su familia supo que había fallecido hace semanas bajo tortura, y su cuerpo sigue “secuestrado” en la morgue de un hospital. Así es la Siria en la que Bashar Al-Asad está bien.

Puede que Hussein Ghrer en libertad no signifique que el mundo vaya bien, pero eso asegura que habrá alguien luchando sin descanso para que Siria sea un país dónde haya más justicia y libertad. Hussein y sus compañeros son un ejemplo de a qué se refería Faraj Bayrakdar, el conocido poeta sirio que sufrió década y media los calabozos del tirano padre, cuando dijo que un único pájaro volando es suficiente para impedir que el cielo se venga abajo..



6.2.13

Mortero

Cortometraje con imagenes de los momentos previos al impacto de un mortero en la calle dónde se celebraban, el 16 de noviembre pasado, las manifestaciones de Bustán Al- Qasr, en Aleppo. En esta agresión del Ejército fallecieron 6 jovenes, uno de ellos un amigo: Mustafa Karman, que era cuñado de Hussein Ghrer; otro amigo que el 16 de este mes cumplirá un año desaparecido en las cárceles del tirano.


4.2.13

Libro de familia


Al igual que la mayoría de las decisiones gubernamentales en Siria, la clausura, hace unos 6 años, de la granja “Al-Raed”, una explotación estatal de ganado vacuno situada a pocos kilómetros al norte de la ciudad de Raqqa, no parecía tener ninguna lógica; sus números no eran malos, e incluso presentaba mejores resultados que la mayoría de las explotaciones similares repartidas por las provincias de Siria. La sucesión de decisiones absurdas continuó con el decreto de cederle las instalaciones de la granja y los terrenos circundantes al ministerio de defensa y convertir el enclave en el campamento de la División 17 de infantería del Ejército sirio. En una provincia cuya superficie casi dobla la del Líbano resulta que no encontraron otro sitio u otra opción para el destacamento militar que no sea liquidar la explotación vacuna. El chiste para los pocos graciosos atrevidos de la ciudad estaba hecho: el gobierno se llevó las vacas para traerse a los toros a su lugar.

La comparación resultó enormemente injusta para los toros..

A mediodía del 26 de diciembre pasado, la artillería situada en el campamento de la División 17 bombardeó Al-Qahtaniyya, una aldea situada dentro de una cooperativa agrícola cercana al campamento militar. Los obuses cayeron directamente sobre las casas matando a más de 20 personas, la mitad de ellos eran niños. No era la primera vez que funcionaba la artillería de la División 17, al lado de cuyo destacamento pasa la carretera que une Raqqa con Tal Abiad, la localidad situada, a unos 80 kilómetros, al lado de la frontera con Turquía y que hace meses que está “liberada” (fuera del control del régimen), pero era la primera vez que atacaba una zona residencial con tanta fuerza. Algunos heridos llegaron a los hospitales de Raqqa en carros, o incluso caminando; la durísima escasez de combustible jugó aliándose con el bombardeo contra población civil.

Cuentan los presentes en el servicio de urgencias del Hospital Nacional (el más grande de la ciudad) que un hombre con la ropa manchada de sangre y barro llegó con uno de los grupos de heridos y acompañantes desde Al-Qahtaniyya y se puso a dar vueltas sin rumbo dentro de la sala de espera. No estaba herido, pero sí muy confuso. Pronunciaba frases sin sentido y sollozaba. De repente empezó a gritar y a golpearse con una fuerza brutal, y antes de que la gente que se encontraba a su alrededor lograse agarrarlo e impedir que se hiciese más daño había sacado algo de su bolsillo y lo rompió con saña. Era un libro de familia; un obús había despedazado su casa matando a su esposa y a todos sus hijos.

Aparte de lo sangrante y doloroso de la situación, a uno le es imposible evitar ver un lado brutalmente poético en lo que hizo el hombre. Éste, rompiendo el libro de familia, había roto también todo vínculo burocrático entre lo que fue su familia y el “Estado”, cuyo “Ejército Nacional” le había arrebatado para siempre a los suyos. Es extremadamente difícil hacer algo poético con un libro de familia, un documento que en Siria es sinónimo de colas para conseguir bonos de azúcar o arroz, o para apuntar a los niños en el colegio, o para las pocas gestiones burocráticas que un menos de 15 años ha de hacer. El libro de familia no es como el pasaporte, ya que éste último, mucho más elegante, aparece intensamente en las aproximaciones poéticas de los sirios (y de los árabes en general). Es el documento de alejarse, de huir. Es símbolo del exilio, de la emigración, de la distancia. El pasaporte tiene el simbolismo burocrático de la añoranza, pero el Libro de Familia solo tiene la carga de un documento cuyo uso es proporcional al grado de pobreza y miseria.

Está claro que el pobre hombre no tenía ni intención ni interés en hacer nada simbólico o poético. Tampoco tenía esta intención aquel hombre que le aseguraba a los Shabbiha que su mujer era “Mi alma, la corona de mi cabeza” entes de que éstos lo liquidaran. Es el significado y el impulso de que su expresión traspase la carne y la sangre.